Y asi nomas.
Ariel Espinoza - 12-07-2006 01:10:25 | Categoria: General
Caminas sin voltear a ver a tu alrededor, completamente abstraído. La gente pasa apenas rozándote, sin darse cuenta que acaban de pasar junto a un condenado a muerte. En tu mano derecha traes una carpeta amarilla, casi tan amarilla como tu piel, dentro de ella vienen dos hojas blancas, con letras negras. Nunca pensaste que una hoja blanca con letras negras pudiera hacerte sentir tanto odio, tanta impotencia, tanta desesperación. Tu camisa está húmeda en las axilas. No sabes bien si es la angustia la que te hace sudar, o la caminata. No sabes a donde te diriges, saliste entumecido, como si una bruma nebulosa se hubiera apoderado de tu mente. Empezaste a caminar hacia tu auto, pero de repente te encontraste deambulando sin rumbo fijo, solamente pensando en el destino que te espera. Llegas a una esquina, la avenida esta concurrida, los coches aceleran frenéticamente, otros frenan y emiten bovinazos, el coro insoportable te invade cada célula y tus tímpanos quieren reventar. Dejas de escuchar y solo puedes enfocar tu vista en las rayas de cebra que indican el paso peatonal. Súbitamente la posibilidad de arrojarte a la avenida y terminar con el vía crucis suena de lo mas tentador. Una mujer pasa junto a ti, la ves y observas que el viento juega con su falda roja. Es robusta, pero sus piernas podrían ser de concurso. Piensas “Nunca he hecho el amor con una robusta”. En ese mismo instante te invade la lujuria. Cierras tus ojos. Sientes como las lagrimas corren por tus mejillas, pero no te importa. El semáforo se pone en rojo, los coches se detienen, tu inicias tu camino de nuevo. Pasas junto a una fuente que está en la plaza, te llega una brisa deliciosa. Volteas a tu alrededor, ves los rostros de la gente y casi puedes saborear la impaciencia de sus rostros. “Estúpidos”, piensas. Los odias, si tuvieras en las manos una pistola los matarías a todos. Llegas a la otra acera, ves a un policía parado en la esquina, ves el arma que trae en el cinturón y sientes el deseo impostergable de arrebatársela. Un niño de 10 años jalonea a su mama junto al policía. La señora le arrea un coscorrón y el niño empieza a llorar. En ese momento sabes que es lo que harías con la pistola. Matarías sin miramientos a la vieja imbecil. El niño voltea hacia ti y te mira fijamente con los ojos llenos de lagrimas. Le sonríes con ternura. El niño deja de hinchar la paciencia y te devuelve la sonrisa. La tristeza te invade y ahora eres tú el que vuelve a tener los ojos llenos de lagrimas. Sientes una omnipresente nube negra sobre ti. Sigues caminando. ¿Cuánto tiempo llevas así? No lo sabes, pero no importa, podrías seguir y seguir hasta perderte en esta ciudad de mierda. Un joven camina junto a ti, con su pobre pinta, pantalon deportivo y una polera, audífonos en las orejas. Lo tocas en el hombro, no sabes bien por qué. El muchacho se detiene y te detienes tú también, te voltea a ver y se quita los audífonos. Nadie dice nada. Te ve con incertidumbre, con algo de preocupación. No sabes si es por tus lagrimas o por tu expresión, la cual debe ser indescriptible. “¿Qué escuchas?”, te oyes preguntarle. La expresión del muchacho se torna precavida. “¿Perdón?”, te dice él. “¿Me prestas tus audífonos para escuchar un poco?”, dices. Los ojos del muchacho se duplican en tamaño. Voltea hacia un lado y hacia otro, como buscando la explicación de tu comportamiento. No sabes si es el desconcierto, la sorpresa o que mierda, pero finalmente el muchacho te presta los audífonos. Te los pones y empiezas a escuchar, algo de jazz. La melodía te penetra hasta lo mas hondo de tu cuerpo, no escuchas la armonía, escuchas cada nota. Una sonrisa beatifica tu rostro, y el muchacho sonríe contigo. Te quitas los audífonos y se los regresas. “¿Cuántos años tienes?” le preguntas. “Veintealgo” te responde el muchacho. “¿Cómo te llamas?”, vuelves a preguntar. “Gabriel” te dice el muchacho. Sonríes. “¿Cómo?” preguntas. “Me llamo Gabriel”. Le sonríes y empiezas a caminar. El muchacho empieza a caminar junto a ti y te pregunta “¿Te sucede algo?”. “Nada”, le dices, sin dejar de caminar, “Simplemente que olvidé que la vida se tiene que vivir, y ahora que se me esta acabando, solo puedo sentir tristeza”. Te detienes de nuevo, el muchacho se detiene contigo. Lo miras intensamente. Su rostro denota confusión y pena. “Que no te pase a ti”, le dices, “ahora solo me queda el miedo, y tendré que aprender a vivir con él, a aprender de él”. El muchacho te observa abriendo mucho sus rasgados ojos, sin saber que decir. “He descubierto un secreto, ¿quieres que te lo diga?”, dices. El muchacho no dice nada, pero asienta la cabeza. Te acercas al muchacho, él no retrocede. “Apodérate de ti, se tu propio dueño, toma lo que quieras, y grítale al mundo ‘Miren, solo yo vivo’. Porque yo que ya no vivo, solo puedo escuchar eso de tu boca. El secreto es que tú lo escuches también” le dices. El muchacho no responde nada, tú sonríes y sigues caminando. El muchacho ya no camina a tu lado, pero no importa, caminaras por el resto de lo que te quede de fuerza o de vida.Por aquellos que aprenden a amar la vida!
Comentarios (0) - Referencias (0)